Tempestad
Patri Couto (ig @pintorailustrada)
Tempestad: el autorretrato de un existir que se invisibiliza
Hace un tiempo tuvimos la oportunidad de presentar en nuestro IG una obra que, al igual que todas las que hemos dado a conocer, no sólo conmueve, sino que también sugiere temáticas profundas que nos ayudan a seguir pensando en nuestra existencia y sus crisis. Se trata de la obra Tempestad, cuya autora, Patri Couto (ig @pintorailustrada), tuvo la enorme gentileza de confiarnos. Quisiéramos compartir las impresiones que nos ha dado esta bella pintura. Demás está decir que estas reflexiones no pretenden brindar una interpretación acabada y definitiva, sino más bien expresar cómo es que nosotros, como espectadores, nos sentimos ante lo que dicha obra viene a presentarnos.
Pues bien, como toda obra artística, este cuadro nos instala en un mundo singular, en una situación vital que nos exige introducirnos en ella para advertir qué es lo que quiere enseñarnos. Así, lo primero que observamos en esta singular pintura es el primer plano de un rostro pálido e inexpresivo. Un rostro estático que nos evoca el recuerdo de una fotografía, lo cual nos confirma estar frente a un auténtico autorretrato.
Pero lo llamativo de ese rostro es que lo que quiere expresar parece ir mucho más allá de un mero rostro humano. En él no hay rasgos y gestos que debiésemos admirar. Al contrario, ese rostro se nos presenta como la entrada a toda una experiencia de profunda intimidad. Es un rostro, por tanto, que nos llama a situarnos en un singular mundo interior, en una dimensión menos figurativa y, ante todo, de eminente carga emocional. Digámoslo, entonces, así: aquello que la obra Tempestad quiere retratar no es propiamente un rostro, sino ante todo una situación vital propia e íntima donde los sentimientos juegan el rol principal.
¿Pero de qué situación se trata? A nuestro parecer, son precisamente las características de dicho rostro las que nos permiten descubrirla. Y es que de inmediato advertimos que se trata de un rostro incompleto, al que le faltan segmentos bien definidos. Ese rostro pálido con el que nos confrontamos carece de ojos, así como de un segmento circular en la frente y en la mejilla. Sin embargo, esos segmentos no parecen ser meros trozos arrancados de una cara de carne y hueso. En absoluto. Los sectores donde ellos faltan no nos muestran áreas más profundas de la piel, sino que aparecen como auténticos agujeros que, atravesando la cabeza, nos conducen de inmediato al otro lado de la escena. Se trata, podríamos decir, de un rostro que se invisibiliza y del cual sólo van quedando sus finos contornos.
Y, precisamente, este es uno de los aspectos más notables de Tempestad. Ella enseña que nuestro rostro en ocasiones puede fallar en su función de rostro, impotente de constituirse como tal. En efecto, el rostro, siendo esencialmente singular en cada uno de nosotros, forma una parte importante de nuestra individual presencia ante los demás. Mediante él y sus tan particulares rasgos se abre la posibilidad de que los otros puedan advertir nuestra presencia como una de carácter singular e irrepetible. Pero también, ese rostro, mediante sus gestos y ademanes, es una auténtica puerta de acceso a nuestro mundo interior. Nuestros ojos expresan la alegría, la tristeza, el interés o el aburrimiento. Nuestros labios esbozan sonrisas de aceptación o dibujan muecas de rechazo. Cada uno de ellos, gestos tan propios nuestros, no hacen sino confirmar que, en virtud de nuestro rostro, los otros tienen la oportunidad de establecer una relación empática con nosotros. Nuestro rostro, podemos decir, es la carta de presentación de nuestra propia situación vital, pues expresamos públicamente con él eso que vivimos, pensamos y sentimos, para hacerlo accesible a los demás.
Y, sin embargo, Tempestad nos enseña precisamente que esa función del rostro puede anularse, convirtiéndose en una mera máscara de gesto inerte. Y esto es lo importante: esta obra nos confronta con la experiencia de contemplar una auténtica máscara inexpresiva que, agujereada, parece ser incapaz de retener la atención en ella, convirtiéndose en un simple túnel a través del cual somos guiados al espacio que se encuentra en el fondo. Así, el profundo valor simbólico de este cuadro radica en que nos enseña una posibilidad de existir para los otros completamente en crisis en cuanto ellos pueden dejar de fijarse en nosotros mismos porque nuestro propio rostro se vuelve impotente de fijar su mirada en él. En otras palabras, anulando la idea de un rostro vivo e individual, Tempestad nos presenta una relación quebrada entre nosotros y quienes nos rodean, dando a entender que, pese a que estemos ahí, no somos sino reducidos a ser un obstáculo para la mirada de los demás, quienes en nuestros agujeros hallan rápidamente un paso para fijarse en algo que despierte más su atención. Ya podemos advertir, entonces, que Tempestad es una pintura eminentemente descriptiva de una situación de dolorosa invisibilización. Una invisibilización que es expresada mediante la figura de un rostro pálido e inerte que es incapaz de plenificar nuestra singular presencia.
No obstante, otro elemento de esta obra nos brindará mayor detalle de tal situación. Fijémonos ahora en aquel trazo negro y grueso esbozando un rectángulo que parece flotar por los aires y que se superpone al rostro pálido. ¿Qué es lo que dicho rectángulo aporta a la descripción de la situación total del cuadro? Sin duda, este está muy lejos de ser un simple detalle arbitrario en la composición. Más bien viene a agregar un elemento decisivo para comprender lo que quiere ser descrito. Y es que si ahora consideramos ese rostro que se invisibiliza junto a ese rectángulo grueso que se le superpone, advertiremos que ya no sólo se describe la fallida relación con los otros que identificábamos como invisibilización, sino que ahora ambos nos advierten sobre el sentimiento mismo que subyace a toda esta situación. En efecto, ambos en conjunto parecen querer expresar la idea de un auténtico desfase con la realidad. Dicho de otro modo, parecen sugerirnos que detrás de la invisibilización aquí en juego se encuentra la vivencia de un radical desencuadre respecto del entorno, advirtiéndonos que la invisibilización es dolorosa porque viene acompañada de una profunda impotencia de lograr una adecuada correspondencia con el exterior, precisamente para atenerse y vivir en él.
Así, podemos afirmar que esa figura rectangular viene a ser, ante todo, el auténtico marco del retrato que describe Tempestad. En efecto, los perfectos contornos rectangulares del lienzo sobre el cual ha sido pintada esta obra no son su auténtico marco. Lo que los cuatro lados de dicho lienzo encierran es tan solo un segmento de una infinita extensión neblinosa de amarillos intensos y rojos opacos que configuran un eterno universo de fuego en el que está abandonada esa figura blanca que parece consumirse con las brasas de un auténtico limbo de soledad. Mientras tanto, es ese rectángulo negro y grueso el que nos advierte que la situación vital ha perdido su eje, su equilibrio, porque en esa situación de soledad profunda, vivida como la propia invisibilización, un encuadre, un efectivo encaje, es imposible. Lo que obtenemos, entonces, es la situación vital del caos interior. Esta obra nos confronta con la vivencia de una soledad desesperada que no es sino la del extravío en la tempestad de un fogoso caos, donde todo carece de orden y constriñe de aflicción. Así, lo que Tempestad parece querer decirnos es algo como: “yo no soy para los otros. Sus miradas me atraviesan, porque mi rostro es incapaz de retener su atención en mi propia presencia. Mientras tanto, yo me encuentro en un limbo de caótica soledad, en un completo desajuste con lo que me rodea, sufriendo la pérdida del contacto”. Y, si esto es así, el simbolismo de esta obra pictórica es auténticamente profundo y altamente sugerente para pensar en esas posibilidades de crisis que podemos padecer.
En definitiva, Tempestad es un autorretrato inquietante. No describe sino una situación vital de desesperanza. Esta obra nos presenta un autorretrato existencial que nos sitúa en la más abismal soledad, esa soledad que no sólo implica que los demás no puedan advertirnos, sino también que en nuestro interior los puentes con la realidad se hayan rotos, abandonándonos en una prisión de caos interior que nos consume. El profundo simbolismo de esta obra es innegable. Una obra tal es de esas que no deja indiferente a aquel espectador que ha logrado introducirse en el mundo que quiere presentar. La manera como describe la experiencia de la crisis es sobrecogedora. Agradecemos nuevamente a Patri Couto (ig @pintorailustrada) por su generosidad. Sin duda, Tempestad nos ha dado mucho que pensar, y lo sigue dando cada vez que volvemos a ella con ojos renovados, en el intento de apreciar mejor esa situación vital con la que quiere confrontarnos.