Las emociones como posibilidad de autoconocimiento

Las emociones son un fenómeno fundamental de la vida humana. Las diversas experiencias a las que ellas nos abren pueden ser descritas de diferentes maneras. Situados en una determinada emoción, nuestra experiencia del mundo puede resultar tanto agradable como desagradable, puede sumirnos en el relajo o la tensión, así como podemos sentirnos calmos o excitados. Ahora bien, entre las diferentes emociones que experimentamos, la psicología nos enseña que son seis las emociones básicas. Y es a ellas a las que hemos querido dedicarles algunas reflexiones. 


En la psicología, el miedo, el enfado o enojo, la tristeza, el asco, la alegría y la sorpresa son abordados como modos según los cuales acontece nuestra experiencia del mundo y se han subrayado tres dimensiones de las mismas. Se ha destacado su dimensión cognitiva, conductual y fisiológica. Esto quiere decir que ellas implican una vivencia subjetiva de los hechos que vivimos a nivel del conocimiento. De acuerdo a cada emoción, la experiencia de las situaciones cambian. Alegres, las cosas nos parecen livianas, superables, mientras que situados/as en el miedo, esas mismas cosas nos confrontan con un peso que muchas veces nos conduce a pensar que nada tiene solución. A la vez, las emociones se traducen en comportamientos que les son propios a cada una. Enojados/as vociferamos, cerramos puertas de un golpe, mientras que viviendo en la sorpresa, quedamos atónitos contemplando los nuevos acontecimientos, y las palabras no nos salen. Y, asimismo, las emociones poseen un rol adaptativo que nos involucra como seres corporales en nuestra adecuación con nuestro entorno. Y es que el miedo, por ejemplo, nos hace huir y mantenernos a salvo, mientras que la tristeza se experimenta como un padecimiento desolado frente a lo que nos ocurre.


Ciertamente, ya en estas tres dimensiones -cognitiva, del comportamiento y adaptativa- podemos reconocer claramente la importancia de las emociones en nuestra vida cotidiana. Y no cabe duda que ellas, en este sentido, pueden ser abordadas precisamente como una respuesta que surge en la interacción con nuestro entorno. 


Sin embargo, la pregunta que quisiéramos hacernos se dirige en otra dirección, una que no sólo quiere entender a las emociones como respuesta, sino como la auténtica expresión de nuestro existir. Se trata de una perspectiva que quisiéramos entender, de hecho, como propiamente existencial. 

En efecto, quizás esas dimensiones cognitiva, de comportamiento y adaptativa poseen un contexto más amplio como es la situación total que somos. Esa situación que se configura particularmente en la emoción particular que nos domina: el miedo, la sorpresa, la alegría, etc. Y, si esto es así, podemos, entonces, concebir las emociones como la expresión misma de nuestra situación vital, es decir, como el tono o color afectivo que nos caracteriza mientras encarnamos una situación y que nos individualiza en nuestra auténtica particularidad. 


Así, por ejemplo, podríamos decir que cuando hemos vivido un acontecimiento difícil, la situación sufriente que en ese momento somos posee una tonalidad triste que la envuelve por completo. Somos, en ese sentido, la misma tristeza y es ella la manera como nos configuramos y aparecemos para los otros. Y, por esta vía, lo que nos gustaría sugerir para la reflexión es si acaso entendiendo esa tristeza o comprendiendo esas emociones que encarnamos como la expresión de la situación vital que somos, ellas pueden enseñarnos algo de nosotros/as mismos/as y si favorecen, así, nuestro autoconocimiento.


Lo que quisiéramos sugerir como pregunta es, por tanto, de qué manera, mediante un reconocimiento de esas emociones que somos cada uno/a de nosotros/as en una situación determinada se abre la posibilidad de saber algo más de nosotros/as mismos/as. Ciertamente, la pregunta no es de fácil respuesta, sin embargo, no deja de ser interesante proponer un espacio de reflexión al respecto.Precisamente en este sentido es que nos propusimos esbozar una breve descripción de cada una de las emociones básicas entendiéndolas como señales, avisos, de nuestros propios límites existenciales. 


Así, por ejemplo, si el miedo -como decíamos- nos pone en relación con la vivencia que nosotros tenemos de nuestra propia fragilidad, entonces resulta interesante preguntarnos por todo eso a lo que tememos con el fin de identificar cuán vulnerables nos vivimos a nosotros mismos. Y es que si bien el miedo nos puede hablar de lo que pone en juego la fragilidad de nuestro ser, también de su reconocimiento podríamos identificar los límites de esos ámbitos de nuestras vidas en los cuales nos sentimos seguros/as y reconocer, así, nuestros propios espacios de protección. El mismo ejercicio podría ser beneficioso para reconocer todo aquello que vivimos como propiamente nuestro. En efecto, si la tristeza es -según lo planteábamos- un duelo e implica una doliente nostalgia por lo que hemos perdido, ¿no es ella, entonces, la que nos puede indicar qué es lo que a nosotros nos resulta auténticamente valioso? Y es que la tristeza, enseñándonos qué es lo que nos duele perder, nos habla también, aunque indirectamente, de qué es lo que debemos cuidar para expandir nuestra existencia a su propia plenitud. 


En este sentido, la perspectiva que sugerimos de las emociones se propone tomar en cuenta nuestra propia existencia y quiere subrayar el hecho de que esa vida que somos siempre se da señales a sí misma, en términos afectivos, de sus propias fronteras, de esas situaciones donde ella se extiende para crecer y de aquellas que le son extrañas porque le resultan, en términos amplios, inquietantes. Es el caso, por ejemplo, del asco o repulsión. Lo definíamos como esa emoción que advierte sobre nuestra propia “higiene existencial”. Y es que reparando en aquello que a cada uno/a nos produce repulsión parece abrirse la posibilidad de reconocer en qué ámbitos vitales nos sentimos limpios, esto es, protegidos de toda suciedad que comprometa nuestra propia integridad. Lo mismo podemos decir del enojo o enfado. ¿No es la experiencia del enfado la que nos habla de aquello con lo que somos inflexibles? En efecto, si enfadados respondemos con agresividad a ciertos acontecimientos para anularlos, es decir, para que salgan de nuestra vista de una vez por todas, parece ser una gran oportunidad detectar esas situaciones que nos enfadan para advertir hasta qué punto y respecto de qué situaciones somos flexibles e inflexibles y, con ello, reconocer cuáles son esos límites que poseemos para abrirnos o cerrarnos las puertas a posibilidades vitales que estimamos como admisibles. 


Pero así como hay emociones básicas que nos hablan de nuestras fronteras existenciales indirectamente, hay dos que nos enseñan directamente cómo somos. La alegría es una de ellas. Pues, si reparamos en eso que nos alegra, advertiremos qué es lo que, en efecto, deseamos para nosotros/as mismos/as. La alegría, en este sentido, nos muestra la dirección hacia la cual nuestro propio existir tiende para sentirse pleno. Lo mismo podría decirse de la sorpresa. Otra emoción que parece hablarnos de esos espacios vitales que apreciamos, pero ahora por su novedad. Y es que la falta de sorpresa está íntimamente relacionada con el aburrimiento. Si una situación, por tanto, nos resulta desde siempre conocida, no puede sino ser vivida como tediosa, es decir, como una pesada reiteración de eso que siempre hemos vivido y que ya no tiene por qué llamarnos la atención. Sin embargo, identificando esas experiencias en las que la sorpresa ha sido la emoción principal vivida, podemos también entender qué es lo que para nosotros/as resulta novedoso, digno de atención y valorable por su novedad. 


Así pues, estas descripciones existenciales de las emociones que hemos querido compartir vienen a destacar un rol fundamental de ellas como índices que favorecen una orientación respecto de la situación existencial que somos. Como lo proponemos, ellas nos enseñan qué es lo que nos amenaza (miedo), qué es lo que nos resulta inadmisible (enfado), qué es aquello que contribuye a nuestra plenitud (alegría), qué es lo que nos atrae por su novedad (sorpresa), qué es lo que se nos vuelve sucios existencialmente (asco) y qué es eso que vivimos como lo que nunca nos puede faltar (tristeza).


En definitiva, las emociones no parecen ser simplemente una respuesta a nuestra interacción con el mundo. Más allá de lo anterior, ellas son la expresión misma de la situación en la que vivimos y brindan el contexto para nuestras cogniciones, comportamientos y capacidades adaptativas. Por lo mismo, nuestro interés ha sido subrayar que las emociones son ese espacio en nosotros/as que debemos aprender a reconocer, porque en ese reconocimiento se juega una mejor comprensión de nosotros/as mismos/as como la situación vital total en la que nos hemos configurado.