Dibujo 1
Dibujo 2
Poema "Quizás estoy muriendo"
La existencia se retrata a sí misma:
tres obras en torno a la soledad, el abandono y el miedo
Cuando presentamos estas obras en nuestro Instagram, las describíamos como autorretratos de una crisis. Y es que, tras enfrentarnos largo tiempo con ellas para observar sus detalles y apreciar ese mundo en el que cada una nos situaba, llegamos a sentirnos frente a existencias que intentan describir, con el grafito y las letras, una doliente ruptura interior.
Por lo mismo, hemos querido compartir algunas reflexiones sobre ellas, advirtiendo que sólo se trata de humildes comentarios que quieren reflejar la experiencia que nos han brindado, por lo que no pretenden proponer una interpretación concluyente de las mismas. Se trata sólo de compartir lo que ellas nos sugirieron.
Y es que tanto los dibujos a grafito 1 y 2, como el poema “Quizás estoy muriendo”, nos sobrecogen por su profundidad. En el dibujo 1 observamos la figura de una niña. Y lo que en ella llamó de inmediato nuestra atención fueron sus grandes ojos cristalinos. Dos grandes pupilas vidriosas parecen estar absortas contemplando algo que no se muestra. ¿Hacia dónde mira ella? ¿Qué es, pues, lo que la deja en esa tan particular posición corporal? Esas fueron las preguntas que nos inquietaron desde un principio.
Sin embargo, intentando comprender el dibujo más detenidamente, entendimos que lo que en él interesa no es tanto responder qué es aquello que mantiene a esa criatura en ese estado, sino más bien expresar el estado mismo de la criatura. Entendimos, pues, que se trataba de retratar al miedo mismo, encarnado en una disposición corporal que nos resulta a todos/as familiar. En efecto, nos enseña un cuerpo frágil, recogido, afanoso de protección y, sin embargo, expuesto, desnudo, expresando un intento desesperado de resguardo en la más absoluta indefensión. Ante todo, este dibujo nos sugirió ser el retrato del más profundo miedo.
Ahora bien, considerando que ambos dibujos claramente se asemejaban, quisimos hallar su punto de encuentro. Ambos, en efecto, nos parecieron muy similares en la composición. Se trata de dos figuras centrales sobre un fondo blanco que nada dice del entorno en donde los personajes se encuentran.
Sin embargo, pese a su semejanza, el dibujo 2 venía a sugerirnos un tema distinto. Ya no se trataba del miedo profundo. La figura corporal que observamos en él ya no expresa intento alguno de defensa. Ahora se trata de un cuerpo tirado, abandonado, sufriendo su delgadez, padeciendo la absoluta carencia de fuerzas. Brazos y piernas parecen estar apoyados pasivamente en el suelo, como si se tratara de cuatro hilos de hueso, sin musculatura alguna, que quedaron tendidos en la posición azarosa que pudieron adoptar. Es así como ese cuerpo nos sugirió la ausencia de cualquier tipo de fuerza vital. Mientras que su desgarrador grito nos hizo experimentar el dolor de un lamento: el lamento de una desesperante desolación. De esta manera, esta obra nos situó ante la más doliente experiencia de la impotencia, ante la más dolorosa vivencia de la anulación profunda de la voluntad.
Ambos dibujos son, en este sentido, sobrecogedores. Vivimos con ellos la experiencia de la fragilidad, de la vulnerabilidad, de la soledad y el abandono. Y no dejó de llamarnos la atención cómo es que en ellos se refleja la total carencia de la realidad. En efecto, el dibujo 1 sólo muestra una tímida sombra del cuerpo recogido, mas esto parece estar en función de exaltar aún más la soledad. Por su parte, el dibujo 2 no dice nada del lugar, del contexto en el cual se sitúa ese cuerpo impotente. Es como si el entorno no importara. Es como si nos dijera: “independiente del lugar en el que estemos, se trata del retrato del miedo y de la impotencia absolutas... sin tiempo, sin lugar concreto”. Pero también esa ausencia del entorno nos sugirió algo distinto. Nos pareció que tanto el miedo como la impotencia, así como son retratados, no requieren del mundo, porque están encerrados en sí mismos, independiente del contexto. En efecto, los dibujos no tienen fondo, no tienen realidad, porque tanto en el miedo como en la impotencia el sentimiento puede ser tan intenso que un contacto con el entorno se pierde. “No hay mundo ahí donde me encuentro en mi propio sufrimiento”, parecieran decirnos ambas obras.
Una idea muy similar a la del poema “Quizás estoy muriendo”, cuya primera estrofa también anuncia una pérdida dolorosa de la realidad:
“La luna ilumina toda la ciudad,
mas, mi habitación oscura está.
creo que la luna me olvidó
o quizás su luz no quiso entrar”
En este caso, la blancura de los dibujos anteriores parece ser reemplazada por la figura de la oscuridad. Precisamente, el fondo blanco de los dibujos no es la expresión de la luz, sino de la ausencia. Se trata de dejar la hoja en blanco, porque los cuerpos son lo que importa. Por su parte, en el poema, la oscuridad de la habitación también expresa la pérdida del entorno. En la oscuridad no se ve nada, es decir, la oscuridad nuevamente retrata la ausencia del entorno concreto. Pero, a diferencia de los dibujos, la actitud frente a tal pérdida es diferente.
Mientras que en los dibujos ambas criaturas parecen haber perdido la realidad para siempre, quien narra en el poema anhela restaurar algún contacto con ella. Y no sólo eso, sino que también sabe quién puede ser la ayuda para ello: la luna. Y es que en la oscuridad más absoluta, aquello con lo cual nos quedamos es con nosotros mismos: con nuestra respiración, con nuestros pensamientos, con nuestras sensaciones. En otras palabras, nos quedamos ensimismados, tal como lo sugerían los dibujos. Y, sin embargo, a diferencia de ellos, en el poema la desolación se expresa como un descuido. La luna era la que debía iluminar. En ella se confiaba, pero ella parece haberse descuidado de quien narra. En el caso del poema, hay un culpable de la soledad. En el caso de los dibujos, por el contrario, no hay nadie a quien recurrir para reprocharle nada. Ambas criaturas parecen haber sido abandonadas a su suerte. En efecto, en el poema, el narrador no es sino una víctima del abandono por parte de aquello que es su única fuente de esperanza: la luna:
“pero la luna no debería olvidarme.
yo quiero que ella me salve.”
Así, el cierre del poema no dejó de llamarnos la atención. Y es que la luna no parece poder salvar a quien narra reconectándolo con las cosas de su habitación, es decir, con la realidad. La luna que ha abandonado al narrador, lo ha dejado en la oscuridad absoluta, sin realidad inmediata, y, sin embargo, no es esa realidad inmediata la que quiere recuperar. Lo que debe ser recuperado es la vida en otro mundo. ¿Cuál? El mundo de la creación poética. Un espacio que el narrador vive como distinto a la realidad efectiva, como un espacio propio, como un verdadero hogar:
“Necesito que me ayudes
a olvidar el existir
y es que sólo tú y la poesía
me pueden revivir”
Así, entonces, el poema devela dos posibilidades de existir: uno en la realidad que nos circunda -el mismo que fácilmente puede teñirse de soledad y abandono- y un existir en la poesía, donde la soledad ya no importa, porque ese mundo se vuelve pleno en la creación poética misma.
Entonces bien, no dejan de ser sumamente interesantes estas tres obras. Ellas nos hablan de la soledad, del abandono, del temor a la realidad y del escape de la misma mediante la creación artística. Y las tres son, al mismo tiempo, producto de ello. En efecto, las tres nacen como un intento de superar la propia situación en crisis mediante el ejercicio mismo de plasmarla artísticamente. No deja de ser interesante, en suma, cómo nosotros tenemos una capacidad autorreflexiva que constantemente está ahí, sintiéndose a sí misma y buscando expresarse en la obra artística. Sin duda alguna, las obras que el/la artista pueda crear, atendiendo a su existir, son una valiosa fuente de la experiencia de la crisis. Y, a nuestro parecer, la sabiduría que emana de estas formas creativas de expresión de sí mismo es indudable y del más alto valor para aprender del existir de cada uno/a de nosotros/as.